[Cmi-ecuador] La Terminal de los suspiros

Waldo pwaldo36 en charter.net
Vie Oct 12 09:04:46 PDT 2007


La Terminal de los suspiros
La Vanguardia (España) - 9 de octubre

Por Fernando García

Una valla metálica rodea en semicírculo la puerta de Llegadas de la Terminal 2 del aeropuerto José Martí, que de este modo queda protegida de las avalanchas. Un guarda de seguridad abre y cierra la verja, si le apetece, cuando algún familiar quiere ayudar con el transporte de equipajes al pasajero que llega en ese momento, pasajero al que dicho familiar suele abalanzarse antes de nada. Detrás del guarda, el cristal de la fachada deja traslucir apenas lo que pasa dentro: quién se acerca hacia la salida.

Del otro lado, el de la calle tras el patio de protección, decenas de personas escrutan con los ojos bien abiertos, las cejas altas; agitan las manos cuando creen haber visto al suyo, gritan su nombre con tropiezos en la voz. Los de más atrás se ponen de puntillas, cuelan la cabeza por este hueco y el otro, compiten en los gritos con los de delante y de vez en cuando dan un salto, a veces con un cartel o una pequeña pancarta en sus manos. Todos parecen seguir el mismo proceso interior. Primero son los nervios, después la alegría desatada. Pero con un punto amargo, pues el reencuentro es provisional y engañoso. Guarda la proporción de una visita carcelaria en una condena injusta donde la condena es la emigración.

Por eso las emociones se dan codazos cada día ante la Terminal 2 del aeropuerto José Martí, que es a la que arriban los vuelos de Miami. "¡Ay, dios mío! ¡Se está retrasando mucho! ¿no?" "¡Ay, no, mami, míralo ahí, detrás del cristal, con las maletas!" "¡Reynaaaaldo! ¡Aquíí, aquíí, estamos aquííí!", gritan las hermanas y la madre del primer pasajero. El pobre queda enterrado en abrazos, machacado a palmetadas a la espalda cuando interviene el papá; los besos en metralleta le dejan la cara perdida; las miradas de arriba abajo, de abajo arriba, "¡ay pero qué guapo tú estás!", le apabullan y desconciertan un poco. Las lagrimitas se hacen lagrimones y enseguida la mamá empapa su pañuelo.

Aunque las salidas van en goteo, aquí la gente se toma su tiempo y los recibimientos se acumulan. De pronto puedes ver a decenas de personas suspirando y dándose tremendos abrazazos en los apenas cincuenta metros cuadrados que separan la verja de la calza donde van llegando los taxis y autos particulares. El llanto se contagia a los familiares que aún esperar y hasta a los testigos. Todo el mundo llora y a cualquiera que lo vea se le hace un nudo en la garganta.

En mayo de 2004, el Gobierno de George Bush decidió limitar los viajes a la isla de los cubanos que viven en Estados Unidos. Desde entonces, a los isleños desplazados en Miami o cualquier otro punto del gran país libre sólo les está permitido visitar a sus familiares una vez cada tres años, en vez de una vez al año como hasta ese momento. Los visitantes no pueden permanecer con su gente en Cuba más de 14 días. Y además tienen un límite de 100 dólares al mes en sus remesas de dinero.

 La inmensa mayoría de los cubanos que uno ha conocido en seis meses de estancia en la isla tiene alguien a quien recibir cada tres años en la Terminal 2 del José Martí -si las circunstancias lo permiten-; alguien por quien suspirar ese día y todos los demás días del año. Raro es el cubano que no tiene un hijo, un hermano, un sobrino o un nieto que, por el procedimiento que fuere, un día cogió los trastos y emigró a Norteamérica (a Europa son menos) para prosperar y ayudar a los suyos. Lejos ya de los años del exilio, se trata casi siempre de una emigración económica. De hecho, el dinero que estas personas proporcionan a sus familias es una tabla de salvación sin la cual cientos de miles o incluso millones de cubanos no llegarían a fin de mes.

Las impresiones personales encajan con las cifras. Este país de once millones y pico de habitantes tiene más de un 10 por ciento de sus hijos fuera de la isla: entre 1,5 y 2 millones de cubanos, de los que al menos 1,3 millones residen en el "país de la libertad".

Las restricciones en los viajes de los cubanoamericanos a su patria se decidieron después de que la publicación de un asombroso informe de la "Comisión del Presidente Bush para Contribuir a una Cuba Libre". En sus conclusiones sobre los efectos de los permisos para viajar una vez al año se leía: "Se ha suministrado efectivamente al régimen una válvula de escape institucionalizada para el descontento cubano con un generador de ingresos asociado. Al aplicar altas tasas a las diferentes transacciones relacionadas con los viajes, y al requerir a los cubanos que compren en comercios estatales de la isla, Castro ha convertido estos viajes en una fuente importante de dinero para el régimen", sentenciaba el informe. Según la comisión autora del texto, en el año 2003 unas 125.000 personas habían viajado a para visitar a familiares y generado 96,3 millones de dólares en divisas. ¡Qué escándalo! La cuenta se planteaba como si el dinero se lo quedaran los hermanos Castro. Como si el embargo comercial no fuera suficiente para castigar a los cubanos.

Distintos sondeos y análisis indican que el descontento por el endurecimiento de las condiciones para dichos viajes es abrumador en toda la Florida. Sólo unos pocos entre los más fieros anticastristas de Miami se muestran partidarios de mantener las trabas.

El debate sobre los derechos humanos es complejo, no sólo en Cuba sino en Estados Unidos y hasta en Europa. Algunas medidas adoptadas tras el 11-S han quitado autoridad moral a los tradicionales paladines de esos derechos. Las doctrinas sobre las sanciones internacionales en general, y sobre los embargos comerciales en particular, no son uniformes. La historia reciente de las relaciones internacionales demuestra que a muchos gobiernos les trae al pairo martirizar a la población de todo un país si con ello creen que pueden doblegar al régimen correspondiente. No importa que el propósito declarado de las sanciones sea la salvación eterna de los ciudadanos a los que, digamos que provisionalmente, se está machacando.

Las leyes internas y extraterritoriales de Estados Unidos contra los intercambios comerciales con Cuba parecen como mínimo desfasadas. Pero no sólo cuentan aún con grandes defensores sino que los dos candidatos a presidente de EE.UU. con mayores posibilidades de triunfo se muestran conformes con las muy dudosas leyes Torricelli y Helms Burton. Es verdad que unos cuantos parlamentarios y dirigentes norteamericanos -sobre todo los que tienen intereses comerciales o potenciales negocios con la isla- consideran el embargo un grave error que ofrece argumentos al gobierno de los Castro. Pero hoy por hoy el camino de las derogaciones se presenta largo, cuesta arriba y escarpado. Al menos mientras Fidel siga con vida.

¿Es posible que también las impopulares restricciones a los viajes de los cubanoamericanos se mantengan más allá de George Bush y de su famosa comisión para contribuir a una Cuba libre? Por lo que dicen por aquí, los cubanos no parecen muy confiados en una pronta abolición de esos límites. Cuarenta y pico años de enemistad pura y dura hacen mella, por mucho que entre las dos lados sólo haya 90 millas de mar. Algunos pensamos, preferimos pensar, que poco a poco habrá cuando menos ciertas cesiones o pequeñas rectificaciones desde el momento en que Bush salga de la Casa Blanca. Y que una de las primeras medidas en caer será ésta de los impedimentos a las visitas familiares. Cualquiera que se de una vuelta por la Terminal 2 del José Martí tratará de creer que esa barbaridad terminará pronto.
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